La conciencia que no manda

Mientras temblaba y un sudor frío corría por mi cuerpo, me fue inevitable pensar en la posibilidad de que me estuviera pasando lo que les pasaba a las palomas. Si había agarrado algún parásito que estaba controlando mi cerebro, adueñándose de cada conexión neuronal y nerviosa para que, en contra de mi voluntad, me obligara a ir en busca de la muerte.

Maldije el reel, o no sé si fue un TikTok que me mostró esa información. Pero ¿por qué pensar en eso ahora? ¿Cómo sé si lo que estoy pensando, mientras mi cuerpo se mueve violentamente, es mi conciencia o lo que sea que se apoderó de mí?

Mi conciencia trata de estar presente, pero la memoria de un scroll infinito de videos marea aún más mi mente. Mientras el mundo se vuelve cada vez más una ola borrosa, donde apenas distingo lo que me rodea, logro ver que no soy el único que ha perdido el control. A mi memoria vuelve que estaba en la oficina, un día cualquiera, un día común.

¿De dónde surgió esta agitación? ¿Parásitos? ¿Todos estamos contaminados con el mismo parásito?

De repente, la ola que envuelve el entorno empieza a encontrar la calma. Mi mente se centra en el presente sin mi autorización y mi cuerpo deja de agitarse, de temblar. Sin embargo, mi conciencia no es mía, pero a la vez lo es…

Mi cuerpo se mueve por sí solo y mi conciencia cuestiona, pero no manda. Mis brazos, mis manos, mi torso empiezan a destrozar las pantallas, los celulares, las computadoras. Todo aquello que recibe, almacena, predice y decide. Todo aquello que durante años nos había dicho qué mirar, qué desear, qué pensar.

No soy la única. Todxs estamos conectados como un mismo organismo, como un mismo estómago empachado de un algoritmo. Lo único que requiere es expulsar al ente ajeno que enferma al cuerpo.

Después de un frenesí de eliminación colectiva, de haber terminado expulsando y, de cierta forma, vomitando lo que alguna vez llenaba el vacío y el silencio, el cuerpo —mi cuerpo, nuestro cuerpo— continúa con su voluntad propia y decide buscar el exterior.

Todxs estamos afuera.

La mirada fija en el cielo.

Contemplando nada más que las nubes.

La conciencia ha dejado de cuestionar y ha empezado, finalmente, a divagar libremente.