Heidegger decía que, cuando las cosas que conocemos pierden su significado, es necesario volver a preguntarnos qué significan en su tiempo. Hoy, mientras el mundo acelera hacia un futuro que a muchxs nos resulta difícil de asimilar —más cargado de incertidumbre que de emoción—, la añoranza por tiempos más sencillos se vuelve un refugio cómodo. Un escape que, muchas veces, evita una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué significa hoy, y qué significará en el futuro, ser creativx?
La aparición de plataformas digitales apoyadas en inteligencia artificial ha hecho que la promesa de la “democratización de la creatividad” parezca estar al alcance de un solo prompt, de un solo clic. Durante años se nos inculcó que solo un grupo reducido poseía ese don creativo, mientras el resto estaba destinado a admirar capacidades innatas —aunque también trabajadas y desarrolladas— de otrxs. Hoy, en cambio, cualquier persona puede encontrar formas de representar las ideas que habitan su cabeza sin atravesar la complejidad de entender fundamentos, teorías o prácticas tradicionales.
Los resultados podrán ser juzgados por especialistas, pero el empoderamiento de ver una idea finalmente tangibilizada es una experiencia que muy pocxs habían vivido antes. Esto abre una pregunta inevitable: ¿quienes trabajamos en áreas creativas hemos contribuido a distanciar la creatividad de ese derecho humano fundamental e innato de crear que todxs tenemos?
Si la creatividad, en su sentido más literal, es el acto de crear, entonces las inteligencias artificiales generativas parecen cumplir con ese cometido. Pero ¿qué hace que la creatividad humana sea tan particular? En su corto Gen-Gen, Box1894 plantea a la curiosidad como el motor que impulsa al ser humano a intentar comprender aquello que está fuera de su alcance de entendimiento, lo que puede sorprendernos o incluso provocarnos miedo. Según el corto: “Utilizando el poder de la curiosidad, podemos empujar a que la revolución creativa sea un reflejo de nuestros sueños, nuestros valores y decidir lo que el mundo va a ser de aquí en adelante”.
El proceso creativo no es lineal ni normado, y mucho menos universal. Sin embargo, cuando observamos distintos procesos humanos, aparecen ciertos matices que se repiten: la curiosidad, el asombro, las creencias, las experiencias de vida y una manera profundamente personal de sentir e interpretar las emociones. Este mix randómico, que no responde a un orden fijo ni genérico, plantea una nueva pregunta: ¿es realmente fácil de replicar por las tecnologías actuales?
Desde la investigación también surgen pistas inquietantes. Un proyecto basado en el enfoque de la cognición cuántica —que utiliza matemáticas de la mecánica cuántica para explicar fenómenos cognitivos que los modelos clásicos no logran describir— propone estudiar el efecto del orden de las preguntas (QOE), es decir, cómo las respuestas cambian según el orden en que se formulan. Este fenómeno no solo se analiza en encuestas, sino también en tareas creativas, ya que la creatividad implica ambigüedad, contextualidad e incertidumbre, características afines a los modelos cuánticos.
Las hipótesis planteadas son claras: a mayor creatividad, mayor QOE, y este efecto se intensifica frente a estímulos novedosos. Proyectos como este sugieren que la simulación de la creatividad humana, tal como la conocemos, podría estar a solo unas fórmulas de ser emulada.
Y aunque la discusión sobre el futuro de la creatividad suele estar liderada por quienes vivimos de ella —porque vemos amenazada nuestra fuente de sustento—, durante este proceso de investigación para encausar este proyecto que busca monitorear el futuro de la creatividad entendí algo clave: hablar de creatividad no es hablar solo de artistas o disciplinas afines. La creatividad es una capacidad estructural de la humanidad, presente tanto en lo cotidiano como en la construcción del imaginario social.
Hasta hace no más de 25 años, el futuro era imaginado desde la literatura, el cine, las artes y la ciencia, con la intención de buscar iluminación, evolución y progreso colectivo. En los últimos años, sin embargo, esa tarea ha sido delegada a Silicon Valley y a desarrolladores tecnológicos que responden más a las lógicas económicas de sus inversores que a una reflexión profunda sobre el propósito de la humanidad. Comprender este giro vuelve evidente la urgencia de replantear qué es la creatividad humana y cuál es su rol en el futuro de la sociedad. Necesitamos reclamar el lugar de imaginar, soñar, planear y materializar futuros desde una perspectiva humana, conectada con el mundo que nos rodea. Futuros que potencien lo elemental del ser humano, lo evolucionen, y donde sus capacidades humanas sigan siendo el centro, con la tecnología como acompañante y no como sustituta.
En medio de esta incertidumbre, Latinoamérica emerge como un territorio de luz. Con el paso del tiempo ha convertido la informalidad, la comunidad y la capacidad de “hacer con lo que se tiene” en un modelo de creación de nuevos códigos visuales y nuevas maneras de narrar el mundo. Este nuevo modelo, que genera intriga e innovación, ha sido impulsado por la revalorización de las culturas indígenas en la región, la lucha por la conservación y el respeto al medio ambiente, nuevas narrativas identitarias que se alejan del pensamiento colonista y se enraizan profundamente en las voces plurales de sus pueblos, y un imaginario que todavía se está autodescubriendo. Así se ha ido generando un poder cultural que ya no busca validación externa, sino reivindicación y orgullo.
Con esta luz surgen algunos cuestionamientos finales: ¿el futuro nos demandará ser más humanos? ¿Nos permitiremos sentir emociones complejas, vivir las experiencias con intensidad, aprender a no racionalizarlo todo, a fluir y a aceptar la imperfección para aportar erraticidad a la conversación creativa? Tal vez ahí resida nuestra ventaja: en actuar desde la ambigüedad, la intuición y la curiosidad, para competir con tecnologías perfeccionistas, sin aparentes emociones, experiencias ni contradicciones propias que las saquen del renglón.
